La muerte de Steve Jobs

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Cinco de la mañana. Recibo un Whatsapp de Ángel Carmona: “¿Viste lo de Steve Jobs? ¿Entras a las 8 en el programa?”. No decía nada más, pero al leer “lo de Steve Jobs” supe que se trataba de una mala noticia. Salté de la cama y en mi esfuerzo por preparar bien aquella sección, terminé por escribir esto que reproduzco a continuación:

Cuando en agosto pasado, Steve anunciaba que dejaba Apple, todos sabíamos que algo iba mal. Un hombre como él, prácticamente obsesionado con su empresa, jamás la habría dejado de no ser por una causa mayor. Y es que simplemente Steve era Apple.

Por eso, ha sido su compañía la que ha anunciado esta noche, la muerte de su creador, imagen, alma y cerebro.

Steve Jobs ha muerto a los 56 años. “El mundo ha perdido a un visionario” ha dicho Barack Obama, presidente de los Estados Unidos. Es prácticamente lo mismo que ha dicho su buen amigo y sustituto al frente de Apple, Tim Cook. Y esta, probablemente, sea la mejor forma de definirle.

Steve cambió las reglas escritas en el mundo de la tecnología, convirtiendo un mundo a priori oscuro en un gran escenario lleno de ilusión y magia, en el que todo era posible: en el que un producto generaba fans y disponía de una atención mediática inigualable. Jobs redefinió el mercado de los ordenadores y llevó esa revolución a negocio del consumo y el entretenimiento digital.

Tan sólo ocho años después de fundar Apple en el garaje de casa, Jobs lideró el equipo que diseñó el Mac, un ordenador personal que por primera vez tenía una interfaz gráfica y que se manejaba fácilmente gracias a un ratón. Ese fue el paradigma del trabajo y el pensamiento de Jobs: facilitar el acceso a la tecnología del usuario y simplificar la experiencia. Hizo del clic un lenguaje universal frente a la pantalla, convirtió una rueda en el acceso a una banda sonora, y un deslizamiento de dedos en un revolucionario intercambio de información.

Tras 12 años fuera de la compañía, Steve volvió a Apple en 1997 y se convirtió en su cabeza permanentemente desde el año 2000. En aquella época ideó innovadores aparatos que abrirían la cuota de mercado de Apple y la convertirían en un gigante: el iPod, el iPhone y el iPad. No eran inventos, pero sí eran transformaciones de reproductores de música, móviles y tabletas, y de todo el mercado alrededor de estos aparatos.

A partir de estas tres creaciones, Apple redefinió su estrategia respecto a los ordenadores y pasó a ser de un selecto club para publicistas y gafapastas, a convertirse en un producto dirigido a las masas, con un increíble éxito que se selló en 2011 con la denominación de Apple como la empresa mejor valorada económicamente del planeta.

Considerado una especie de hombre renacentista moderno, en esos años lejos de Apple, Steve creó Pixar a partir de un equipo de informáticos, artistas y animadores que trabajaban en el departamento digital de la empresa de George Lucas, Lucasfilm. De allí nació Toy Story en 1995, ganando varios Óscars por la excelencia artística y tecnológica de sus creaciones (¿les suena de algo?). Hizo de estas películas digitales, verdaderas obras maestras disfrutadas por niños y mayores alrededor del mundo.

No era ni ingeniero ni programador. Ni siquiera terminó la universidad, gran deseo de su madre biológica y eterna misión de sus padres adoptivos. Steve sí se consideraba un líder, capaz de crear a los mejores equipos y animarlos para crear y diseñar grandes productos.

Jobs forma parte de la cultura popular mucho antes de su muerte. Y su inmersión en ella le hizo ver la tecnología de otra forma. A los 20 salió con Joan Baez y Ella Fitzgerald cantó en su 30 cumpleaños. Una vez, Steve dijo a un periodista que una de las tres cosas más importantes que hizo en su vida fue tomar LSD. En definitiva, era un hombre de negocios poco convencional.

Nadie dice que Steve fuese un jefe simpático, es lo que conlleva a veces la genialidad. Dicen por ahí que casi todos los empleados de Apple, salvo los más cercanos a Steve, intentaban a toda costa no coincidir con él en el ascensor. Sin embargo, otros como Brian Lam, le describen en la cercanía como una persona afable (al menos hasta que el blog que editaba, Gizmodo, la lió con un prototipo perdido de iPhone 4).

“Él quería que fueras grande y que crearas cosas que fuesen grandes. Sabía como lograrlo”, dijo en un documental Larry Tesler, un empleado veterano de Apple. Algo que puede aplicarse a cómo Steve Jobs ilusionó a sus clientes (los consumidores de la marca) para convertirles en adeptos a algo más que un producto, casi una religión del estilo de vida.