Entre ajpaniagua y Arturo Paniagua

Blog

Llevo desde el año 2000 intentando entender cómo funciona Internet y cuáles son sus códigos. Algo tremendamente complicado si tomamos en cuenta que la Red no para de evolucionar: cada minuto se crean nuevas tecnologías, herramientas, formas de comunicación, interfaces y un sin fin de cosas.

Durante mucho tiempo me gané la vida coordinando y creando la identidad digital de programas de radio y televisión. Esto es crear una serie de pautas y contenidos que le otorguen una personalidad propia a una empresa o persona en Internet, un conjunto absoluto entre perfiles en redes sociales y contenidos propios.

Esa personalidad la tienen las marcas, entidades y empresas de todo tipo, las celebrities, e incluso los seres humanos de a pie como tú y como yo. Y todo eso comienza en el mismo instante en el que escribes algo en Internet y empiezas a dejar pequeños rastros que van creando una imagen de ti en ese gran escaparate llamado Google.

Las piezas de mi identidad digital

Como te digo, he trabajado mucho en ese tipo de estrategia, pero nunca me había parado a pensar en mi propia identidad digital. En los últimos días he estado dándole vueltas ante todos los canales sociales de moda. Toda mi actividad se genera en: Twitter, Facebook (tengo una fanpage y un perfil personal), Instagram, Snapchat, este blog resucitado, mi podcast musical, mi Spotify público, un canal de YouTube con telarañas y una cuenta de Google + a la que a veces miro de reojo.

¿Cómo organiza uno tanto barullo? ¿De verdad merece la pena? Yo creo que sí, que cada plataforma tiene sus características e incluso su propia forma de contar las cosas.

  • Twitter es mi cajón de sastre, donde hablo mucho de música pero también lanzo opiniones, enlaces, bromas y GIFs animados sobre un montón de temas que me interesan: tecnología, deportes, radio, TV -también es donde más hablo de Likes-, etc.
  • Instagram son las imágenes de mi día a día: conciertos a los que voy, el backstage de Likes e incluso algún momento personal.
  • Facebook. Lo siento, pero cada vez menos le dedico tiempo a subir material original dado el poco alcance que consiguen las publicaciones -si no pagas publicidad, apenas te ve un 10-15% de la gente suscrita a tu página-. Aquí suelo compartir algunas de esas cosas que lanzo a Twitter y a Instagram.
  • Snapchat me provoca cada día más curiosidad. Es la red social de moda, superando ya en usuarios activos a Twitter. Es absurda, enrevesada, hedonista en exceso, pero es un nuevo lenguaje. Por lo pronto estoy intentando usarlo para recomendar música y para ponerle máscaras a nuestro políticos.
  • Este blog tenía que resucitarlo por necesidad creativa, y será donde cuente lo que me apetezca y explayándome más allá de lo que lo hago en redes sociales.
  • Después está el podcast que, lo siento mucho, tengo un poco abandonado a la espera de posibles novedades muy chulas. También es la necesidad de alguien que no sabe vivir sin recomendar música a través de la radio.
  • Mi Spotify lo tengo muy abandonado. No soy yo muy partidario del poliamor, pero aún así en mi perfil aún puedes encontrar playlists muy divertidas que he hecho casi desde el inicio del servicio.
  • Mi canal de YouTube es simplemente un recopilatorio de vídeos. Por un lado están mis apariciones en Likes cuando las suben al canal de #0; y por el otro hay listas de vídeos musicales nuevos. Aún no me atrevo a crear contenido original, aunque sé que si diera el primer paso, no habría marcha atrás.
  • Y Google +…. Bah, ni me preguntes.

Claro, además de todo esto yo también tengo mis heridas de guerra: Myspace, Pinterest, 8tracks, Ello, Flickr, Upclose, Tuenti, Quitter… Todos ellos se fueron como lágrimas en la lluvia.

A lo que voy: hemos llegado a un punto en el que vivimos nuestra identidad digital muy a la par con la del mundo real, esa de carne, hueso y sentimientos. A veces eso es bueno, y claro, otras tantas es malo. Todo eso ocurre por una sencilla razón: somos humanos y nos equivocamos. Y esto sucede aunque esos amantes del apedreo en Twitter se empeñen en convertirnos en máquinas perfectas incapaces de equivocarse, evolucionar y rectificar. Cada día, ese nick, esa foto de perfil, esa bio o ese tuit se convierten en un nombre con apellidos, en una cara, en una vida y en palabras.

Deja un comentario